siete razones por las que los flacos no engordan (conforme la ciencia)

No solo debe ver con el consumo calorífico ni con los genes. Esto es lo que saben hoy los científicos sobre por qué razón los flacos no engordan

Nunca cortan a la mitad un pedazo de pastel. Meriendan. Para ellos, el planeta habla continuamente de algo más extraño que la materia obscura cósmica: los kilogramos de más. Son esas personas flacas de siempre. Apenas se tienen presente en los estudios, por el hecho de que ser flaco no es un problema médico. ¿Quizá no tienen el secreto para terminar con la pandemia de obesidad que nos devora?

Tienen temperaturas anatómicos más altas

Las personas delgadas tienen características particulares en cuestiones naturales como la respiración, el ritmo cardiaco y el proceso digestible. “Hay personas a las que les pones el termómetro y tienen treinta y cinco con ocho °C y otras que tienen treinta y seis con uno °C. Esos 0,3 °C de diferencia un día y otro y otro suponen una diferencia energética enorme en un año”, resalta Francisco Botella, miembro de la Sociedad De España de Endocrinología y Alimentación (SEEN). Una diferencia de 0,3 °C en la temperatura anatómico supone un enorme gasto energético en un año.

El cúmulo de todos esos micromovimientos inconscientes va quitando calorías al saldo anatómico

Además de esto, efectúan muchos más movimientos involuntarios, más relacionados con el talante de cada persona: pasar de un pie a otro, tocarse el pelo, acomodarse una y otra vez en la silla, tocarse la cara, buscar en el bolso, estirar las mangas de la chaqueta… El cúmulo de todos esos micromovimientos inconscientes va quitando calorías al saldo anatómico.

En el Laboratorio de Comestibles y Marcas de la Universidad de Cornell (EE. UU.), dirigido por Brian Wansink, han creado un Registro Global de Peso Sano para estudiar a quienes lo han mantenido a lo largo de su vida sin singular esmero. Los llaman “delgados despreocupados”.

En una encuesta sobre sus rutinas al día, estos manifestaron tomar comestibles de buenísima calidad, cocinar en casa, “detectar y hacer caso” a las necesidades de su cuerpo y no sentir culpa por capítulos eventuales de glotonería. Además de esto, desayunaban siempre y en todo momento, en general incluyendo frutas, verduras y huevos.

Mas ¿de qué manera se llega a esos hábitos? Para descubrirlo, Wansink y sus colegas les preguntaron de qué manera se había tratado el alimento en sus familias y equipararon sus contestaciones con las de otros voluntarios con mayor IMC.

Los más delgados coincidieron normalmente en que sus progenitores cocinaban con ingredientes frescos, charlaban con ellos de alimentación y efectuaban actividades al aire libre en familia, y tenían muchos amigos y dormían un número saludable de horas entre semana.

Los que no formaban una parte del conjunto de «flacos despreocupados» declararon que en sus casas el alimento se usaba como recompensa o bien castigo, sus progenitores –con frecuencia obesos– les limitaban los comestibles, de pequeños tomaban más jugos y refrescos que agua y, frecuentemente, habían sufrido acoso escolar de sus compañeros. En muchos pequeños sometidos a maltrato físico desciende el nivel de la hormona leptina, que participa en la regulación del hambre y aumenta el empleo de energía que hace el cuerpo. Como consecuencia, estas funciones se distorsionan y se tiende a comer más de lo preciso.

‘Jet lag’ social

Y “lo necesario” puede cambiar aun con el horario. “El humano está listo para vivir, comer y actuar de día, y dormir, ayunar y estar en reposo de noche”, manifiesta Juan Antonio la villa de Madrid, catedrático de Fisiología de la Universidad de Murcia”.

El especialista en cronobiología –la repercusión de los ritmos circadianos en los procesos biológicos–, asegura que un trabajo a turnos ya puede suponer un peligro metabólico. No obstante, comer en abudancia más temprano y ayunar de noche contribuye a una delgadez saludable. “Un mismo comestible, en exactamente la misma cantidad, si se ingiere por la mañana activa la termogénesis de la grasa parda un cincuenta  por ciento más a las ocho de la mañana que a las ocho de la noche, cuando se tenderá más a almacenarlo”.

La grasa parda, que en los humanos se encuentra sobre todo alrededor del cuello y la clavícula, convierte la grasa blanca en calor, eliminándola.

Una presencia mayor de grasa parda transforma más energía en calor, no en tejido graso.
Las células de grasa parda (más pequeñas, en el centro) pueden transformar las de grasa blanca en calor, reduciendo su número.

De igual modo, si reducimos las horas de sueño a cinco o bien seis, provocaremos una tendencia a engordar.

Recientemente los estudiosos han detectado lo que llaman el “jet-lag social”: el desequilibrio provocado cuando habituamos a trasnochar mucho el viernes y sábado. Si la diferencia entre la hora de levantarse el resto de los días y el fin de semana es de 2 horas, ya está garantizado, “y se asocia a mayor peligro de obesidad, depresión, baja motivación, etc”, asegura la capital de España.

No parar quieto

Un ritmo cardiaco de cuatro latidos más por minuto, por los mil cuatrocientos cuarenta minutos del día, se traduce en múltiples kilogramos menos en un año.

El horario es solo uno de los múltiples elementos que actúan sobre de qué manera gastamos lo que ingerimos. Y muchos de ellos vienen ya en el equipamiento genético. De esta forma, se ha descubierto que los genes responsables de la altura y los de un peso bajo están relacionados. Lo que explicaría que tantos suecos, noruegos o bien fineses sean altos y delgados, como sus madres.

De igual forma, la herencia determina la cantidad de grasa cobrizo del cuerpo o bien la exuberancia de moléculas que inciden en los procesos metabólicos de este.

Como la manera en que actúa la enzima NAMPT en las células sebosas. Lo ha detectado últimamente una investigación de Karen Nørgaard, de la Fundación Novo Nordisk, en Dinamarca. A través de manipulación genética, suprimieron la NAMPT en múltiples roedores. Al darles una dieta con un sesenta  por ciento de grasas sobresaturadas (equivalente a un menú humano de pizza y hamburguesas), vieron que no ganaban peso. Sus congéneres del conjunto de control, con exactamente la misma nutrición y sin eliminación enzimática, tardaron solo doce semanas en volverse obesos.

La aplicación a humanos todavía está lejos. Zachary Gerhart-Hines, coautor del estudio, nos explica que la inhibición de esa enzima se está efectuando con medicamentos muy potentes en ensayos para tratamiento de determinados géneros de cáncer. Mas “no sabemos si eso afectará a la acumulación de grasa”.

Además de esto, una supresión general de esa substancia en el cuerpo podría afectar de forma negativa a los músculos y el cerebro. De ahí que, por el momento solo estudian las mutaciones naturales que resguardan a la gente de la obesidad.

Ayuda de la vegetación intestinal

En nuestro aparato digestible habitan billones de bacterias, virus y hongos. Esa minipoblación –y particularmente la del intestino grueso– participa en el modelado de nuestra figura, pues contribuye a producir aproximadamente grasa y asimismo configura los “avisos” de saciedad al cerebro. Serguei Fetissov, de la Universidad de Ruan (Francia), descubrió cómo: a los veinte minutos de alimentarse, las bacterias creaban otro millón de individuos y segregaban unas proteínas que activaban hormonas de la saciedad y neuronas asociadas a la reducción del hambre.

La proporción conveniente de bacterias intestinales ayuda a aprovechar mejor los comestibles. Las especies de microbios intestinales y su número influyen en la proporción de comestibles que gastamos y que amontonamos.

La composición de esta microbiota es propia de cada individuo y acaba siendo más semejante entre compañeros de piso que entre familiares que no conviven. Además de esto, puede alterarse a través de la dieta. Muchos conjuntos de investigación procuran de qué forma “obligarla” a asistirnos a lograr la distribución más eficaz de la grasa en nuestro cuerpo.

Documental publicado en QUO.es  el veintisiete junio dos mil dieciocho

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