Los arquitectos que imaginaron la vida moderna en los años veinte

La necesidad de residencia en Alemania tras la paz de mil novecientos dieciocho padeció un determinante incremento por diferentes causas: la reinmigración desde territorios lejanos, la vuelta del ejército, el creciente número de matrimonios y, por vez primera, asimismo el creciente número de divorcios.

Para mitigarlo, la República de Weimar hizo planes y medidas como el impuesto estatal en el alquiler, el hauszinssteuer (mil novecientos veinticuatro-treinta y uno), por el que se pusieron en circulación miles y miles de millones de marcos en forma de hipotecas y subsidios.

Para poner cifras al inconveniente, en mil novecientos treinta y uno Alemania tenía un déficit de entre 1 y uno con cinco millones de residencias pese a la reserva de residencia existente de dieciseis a diecisiete millones.

En 2 grandes urbes –Berlín, con cerca de cuatro millones de habitantes ese año, y Frankfurt am Main, con unos setecientos 000– la nueva construcción, estandarizada y lista para ser producida en masa, se introdujo a una escala mayor que en ninguna otra una parte del planeta a lo largo de los años veinte como forma de combatir esta creciente necesidad.

Una residencia para el planeta moderno

Cartel primordial de la muestra. Willi Baumeister
archivo veinte doscientos once  mil dieciocho trece 1prkvw.jpg?ixlib=rb once
Cartel para la exposición. Willi Baumeister

Con este tiempo tan favorezco a los intereses del movimiento moderno se realizó en Stuttgart una exposición bajo el título Die WohnungLa residencia–, festejada en el verano de mil novecientos veintisiete, que consiguió captar más de quinientos mil de visitantes.

Meridianamente, el inconveniente de la residencia había superado el de mero discute disciplinar para atraer la atención del ciudadano común. La parte primordial de la exposición la formaron las casas modelo que edificaron dieciséis señalados arquitectos nacionales y extranjeros, todos defensores de los preceptos modernos: Mies van der Rohe, Hilberseimer, Poelzig, los hermanos Taut de Berlín, Scharoun y Rading de Breslau, Döcker y Schneck de Stuttgart, Gropius de Dessau, Behrens y Frank de Viena, Bourgeois de Bruselas, Le Corbusier de la ciudad de París, Oud y Stam de Rotterdam.

La exposición fue una iniciativa de la Deutche Werkbund, asociación mixta de arquitectos, artistas y también industriales alemanes, fundada en mil novecientos siete por Hermann Muthesius. El leimotiv de la asociación, “Vom Sofakissen zum Städtebau” –desde los cojines de los sofás a la construcción de ciudades–, nos habla meridianamente de la amplitud de escalas que la reformulación de la vida moderna precisaba.

2 temas centraron la atención de la muestra: una forma nueva de edificar –ejemplificada en la colonia construida– y una forma nueva de vivir, mostrada en las exposiciones lindantes y, más todavía, en los interiores de las propias residencias experimentales.

La Weissenhoff sería en palabras de Mies van der Rohe, su ilustre directivo, un “experimento” con el firme propósito de meditar, proyectar y educar al planeta una forma nueva de vivir. El público solo era capaz de imaginarse sus casas empleando los precedentes ya conocidos. Era misión del arquitecto técnico moderno aceptar un papel educativo, proyectarse cara el futuro y enseñar sus posibilidades.

La reinvención del mueble

El moblaje que poblaba las residencias no podía recurrir a los viejos modelos burgueses, caducos y contrarios a las nuevas formas de vida. El moblaje precisaba una profunda renovación y esta era una ocasión única.

La incesante en la colonia fueron los muebles con cilindro de acero en sus versiones y variaciones que Marcel Breuer había popularizado en mil novecientos veinticinco por medio de los diseños efectuados para la nueva sede de la Bauhaus en Dessau y que tuvieron una veloz difusión y acogida por Europa mediante las publicaciones de la escuela.

El mueble de cilindro de acero se había transformado en un icono de la modernidad, “del mismo modo que las envolturas de cristal transparente para reemplazar a los muros de carga”, y sirvió de referencia para aquellos arquitectos más decididos, como Le Corbusier, J.J.P. Oud, Mies o bien Mart Stam prestos a presentar sus diseños.

No obstante, uno de los modelos resaltó sobre todos debido a su enorme audacia: el modelo presentado por el propio directivo de la exposición, Mies van der Rohe. Su inusual esquema estructural prescindía de las 2 patas traseras y proporcionaba su estabilidad a la propia configuración que el cilindro de acero progresivo dibujaba en el espacio.

En el modelo, la bidimensionalidad quedaba superada y había sido reemplazada por una estructura espacial ligera que expresaba el nuevo término de espacio de la temporada.

El propósito del mueble tubular era resaltar la trasparencia de esos interiores espartanos y limpios transformando sus muebles en “piezas vaporosas que semejan haber brotado en la habitación tal y como si alguien las hubiese dibujado”, conforme las propias palabras de Marcel Breuer.

La silla, que parecía flotar en el aire, suponía la máxima expresión de uno de los ansiados anhelos de la modernidad: la propia materialidad del acero, en su versión optimada, era la que había derivado en una forma totalmente nueva de un objeto rutinario para reelaborarlo.

archivo veinte doscientos once  mil seis veintiocho knwm2v.png?ixlib=rb once
De izquierda a derecha: prototipo de Mart Stam mil novecientos veintiseis. Modelo B33 de Breuer, catálogo Thonet mil novecientos treinta. Modelo MR10 de Mies elaborada por Berliner Metallgewerbe J. Müller en mil novecientos veintisiete.

Esta silla pronto tuvo una esencial influencia y variaciones de todo género se extendieron por toda Europa transformándose en un distintivo de la modernidad. Su papel trascendía de la propia función. Igual que los aeroplanos no eran tan solo medios de transporte para Le Corbusier sino más bien objetos culturales, signos de activación de una forma nueva de vida, los muebles se transformaron en portadores de la identidad cultural de su tiempo.

La cultura objetual en el movimiento moderno revierte su papel haciendo de los muebles no ya solamente los pasivos pobladores de la arquitectura sino más bien miembros activos de persuasión, en la expresión que Le Corbusier acuñó: “objetos de la vida moderna capaces de provocar un estado de vida moderno”.

Pablo López Martín, Maestro asociado de Diseño Interior Sustentable, Universidad Nebrija

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *