La trampa de las factorías sin trabajadores

A lo largo de la crisis del Covid-diecinueve hemos visto la urgencia de 2 clases sociales meridianamente diferenciadas: los que se han podido quedar en casa y los que no. Millones de personas en el mundo entero a los que absolutamente nadie ha canonizado como trabajadores esenciales han peligroso su vida empaquetando salchichas, llenando cajas, limpiando casas y guardes, conduciendo camiones, cosiendo juguetes o bien repartiendo bultos de Amazon y comida a domicilio por menos de diez euros la hora.

Ciertos historiadores han equiparado esta división social con periodos de guerra, donde unos ciudadanos van al frente y otros, no. Evidentemente, las guerras asimismo producen nuevos procesos de automatización. En los últimos tiempos, se han desarrollado un elevado número de robots para desactivar explosivos, explorar espacios peligrosos o bien observar zonas de tensión. El Fondo Monetario Internacional no lo considera una amenaza para la estabilidad laboral de los soldados, sino más bien un desarrollo positivo capaz de salvar vidas. ¿No podemos hacer lo mismo con los trabajos más miserables y establecer el marco que deje progresar la vida del trabajador?

La factoría sin empleados semeja una promesa, mas es una advertencia que cumple 2 objetivos muy específicos. El primero es activar el síndrome FOMO –temor a perderse algo– de los empresarios a fin de que se suban al carro de la Industria cuarenta, en general a costa de dar sus procesos y datos del negocio a los 6 gigantes de la automatización. El patrón es conocido y ya ha sido tipificado como capitalismo de plataformas. El segundo es asegurar la docilidad de los trabajadores bajo la amenaza del desempleo eterno. ¿Quién piensa en sus derechos laborales cuando se imagina compitiendo con Terminator o bien limosneando empleo por medio de una plataforma optimada para sortear un pasado sindical?

En su interesante ensayo sobre la automatización y el futuro del trabajo, Aaron Benanav arguye que los números no salen. Que los países con mayor índice de robotización por trabajador –Alemania, el país nipón y Corea del Sur– muestran en verdad mayor índice de empleo. Explica que, si avanzamos cara un paro desastroso, no es por culpa de la automatización de las factorías, sino más bien por un estancamiento global de la economía propiciado por la escasa inversión y la baja tasa de desarrollo económico.

Mas hay otra cosa. La clase de empresa que más ha crecido en los últimos tiempos es conocida por contratar a pocos trabajadores realmente bien pagados y explotar a miles y miles de millones de todo el planeta, por medio de herramientas diseñadas para burocratizar labores informales, produciendo algo semejante al empleo mas sin aceptar las responsabilidades que derivan de él. Asimismo es conocida por consumir dinero público sin abonar impuestos. Es exactamente la misma industria que vende inteligencia artificial a terceros bajo el flamante eslogan de la Industria cuarenta. El inconveniente no es la implacable marcha del progreso cara un planeta que no precisa la fuerza obrera, sino más bien el abandono de responsabilidades por la parte de todas y cada una de las instituciones diseñadas para asegurar los derechos del trabajador.

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